Categoría: (4) CRÍTICAS DE TEATRO
9 Febrero 2006

Director: Michel López / Santiago Sánchez
Intérpretes: Carles Castillo, Carles Montoliu
Estreno: 1 de febrero de 2006; Teatro Alfil (Madrid)
Le damos un 8
Si pienso en Imprebís imagino al grupo de cómicos que montaban el chiringuito a sabiendas de que su público iba a olvidar durante su representación las penurias laborales y cargas reales de la jornada que tocaba a su fin.
Así les veo, como teatreros que toman sus aperos y abonan el terreno desde la imaginación, donde hay tanto por labrar. Se confirmaron haciendo la mejor adaptación teatral de la obra de Miguel de Cervantes de cuantas han pasado durante el IV centenario, antes incluso de que las demás vivieran de los fastos del acto. Quijote fue mejor, más divertida y quizás más valiente, no por ese afán de adelantarse al común de los mortales, sino por la variedad de técnicas y registros empleados.
Demostrando por tanto que llegan al público con teatro de texto (Galileo y La mujer invisible lo corroboran) vuelven a una parte de sus orígenes, el teatro sin texto o mejor dicho, basado en una línea o tres palabras: el más difícil todavía. Hace años, 4 ó 5, leí en esta misma página web que Imprebís 'era uno de esos montajes que recomiendas a los amigos, que puede tirarse años de gira y seguir llenando, que ves mil veces y no te cansas, porque lo genial es que cada representación es única'. Se me vino a la mente la palabra 'exagerada'. Ahora yo, después de ver el espectáculo varias veces, exalto el término 'equilibrista' y doy por seguro que Santiago Sánchez y sus compañeros parecen alimentarse de la adrenalina que produce estar al filo del abismo y ese interés por acariciar el riesgo les ha llevado a recuperar uno de los espectáculos más vistos en Madrid y en toda España, en edición especial, de etiqueta, por cumplir las 1.000 funciones en 11 países.
Enganchan al público al hacerlo partícipe de su juego (del que hay que eliminar toda connotación de sencillez), toman una tarjeta escrita por una mente retorcida y en menos de 60 segundos confieren a la frase o la palabra en cuestión una estructura teatral mientras Yayo Cáceres anima nuestra espera con una composición musical también inventada al momento. Y es entonces cuando llega la hora de hacer reír, de que los actores se prostituyan escénicamente para nosotros, con el acompañamiento también de una iluminación que realza el drama. 
Dicen que la mejor improvisación, en toda puesta en escena, deviene de aquella más ensayada. Ellos han tenido casi 20 años para aprender pero nunca dejarán de hacerlo. Los dos Carles, Montoliu y Castillo, dan muestra de todo el teatro aprehendido en sus muchos años de experiencia, dos actores que escenifican una idea y el propio proceso de creación bajo la atenta e ilusionada mirada de su director.
Si a improvisación unimos compenetración vemos a los hombres de teatro de L’Om - Imprebis como una maquinaria engrasada y dispuesta a rendir al máximo. Y el Alfil es un escenario especial donde -al igual que grupos como Yllana, Sexpeare y Teatro Meridional- se sienten a gusto y pueden comprobar la reacción del público que, a pesar de que ellos lo nieguen, saben qué van a encontrar: un espectáculo vivo, crítico, inteligente y tremendamente entretenido... ¿qué más se puede pedir al teatro?
Un experto en improvisación se refería a ellos diciendo que se encontraban a años luz de los que siguen su estela y permítanme que, mojándome hasta el cuello –al igual que ellos durante la función-, le de toda la razón, porque de una técnica han sabido hacer un arte nada improvisado.
Versión completa del texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
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4 Febrero 2006
Le damos un 7
Antes de ir al teatro a ver su nuevo montaje, ya sabía que Leo Bassi era provocador, insolente y, hasta cierto punto, desagradable. Era complicado que dejase a un lado mis ideas sobre un personaje mediático que aprovecha la mínima oportunidad para desnudarse o comer excrementos y quedarse tan pancho.
Consciente de que en algún momento empezaría a tomar forma la relación provocador-provocado para truncarse sin más, me senté en una butaca algo alejada del escenario –por lo que pudiera pasar- y empecé a rezar ante lo que se venía encima. Pero no hubo espectáculo como tal; al menos no empezó a su hora, ya que fue interrumpido por el Papa Benedicto XVI: una breve parada en Madrid para pedir perdón por los crímenes cometidos en nuestro país por la Inquisición, cuestionar el papel de la Iglesia Católica durante la Guerra Civil y condenar las matanzas de indígenas en pro de la evangelización de los territorios americanos.
En su línea, Leo Bassi no deja títere con cabeza, y tras arremeter con fuerza contra las grandes religiones monoteístas, judaísmo, islamismo y cristianismo, se detiene en esta última para criticarla en nombre de científicos, filósofos y humanistas callados a lo largo de la historia. Siéntese de forma cómoda porque iniciará su discurso con el Génesis y las andanzas de Adán y Eva en el Paraíso, y de ahí, hasta la elección del último Santo Padre, hay un buen trecho.
Lo que será blasfemia para el despistado que se cuele en el patio de butacas, será prodigio del monólogo para el resto ya que razón no le falta al autodenominado bufón en su interpretación de los textos sagrados e intachables para algunos. Es claro en sus principios y comienza el espectáculo con una singular declaración de intenciones que parte de la premisa de la pretensión de abandonarnos, después de hora y media de palabrería, al más rotundo ateísmo. Fundamentalista laico, Bassi recuerda como se acentúo su creencia tras asistir a través de la televisión a los funerales del Papa Juan Pablo II, un ejemplo de fraternidad entre no-iguales mientras en el mundo se seguía matando, también en nombre de la religión.
Su teatro comprometido no está cimentado sobre historias con trasfondo social al estilo de compatriotas como Darío Fo. El histriónico cómico italiano se decanta por la provocación y, micrófono en mano, imita a los predicadores que pululan por las pantallas de televisión estadounidenses, otorgando protagonismo a la manzana, la culpable de que hayamos salido del Edén, no sin olvidar a la pobre serpiente, en definitiva una muestra más de la capacidad narradora del artista que hurga para sacar nuestra reflexión.
Salí del teatro con la impresión de que estaba viendo al mismo Bassi que aparecía en televisión, más irrespetuoso si cabe al estar entre amigos afines a su pensamiento. Me gustó la sensación de ser cómplice durante el espectáculo y que, a pesar de que había carcajadas un tanto desmesuradas por el trabajo gestual del cómico -perdón, bufón-, primase el contenido del texto, irónico y vehemente. Una contra respuesta necesaria a los sermones de otros.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
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4 Febrero 2006
Director: Nieves Gámez
Intérpretes: Tomás Gayo, Magüi Mira, Carmen Conesa, Antonio Castro y Juanjo Pérez Yuste
Le damos un 6,5
Criminales en serie mostrados a nuestros ojos como niños maltratados y verdugos que se confunden con las víctimas protagonizan este texto. Y como buena muestra de teatro contemporáneo, consigue reflejar la sociedad aunque la que vemos sea horripilante y desgarradora.
Hielo y fuego constituye una carrera de obstáculos para quienes la ponen en escena: es difícil encarar un trabajo de actores tan arduo como éste y hacerlo encima desde la honestidad libre de prejuicios, una actitud parecida a la de los abogados defensores de causas perdidas; también cuesta atrapar al espectador con un relato del que podemos imaginarnos su final.
Con una estructura edificada sobre los principios del thriller, Nieves Gámez resuelve la papeleta y juega con nuestro conocimiento del caso sin escudarse en giros innecesarios a la hora de presentar las obviedades de los personajes, que no por conocidas son menos interesantes. La forma de exhibirles, limpia de dobleces y recovecos, denota un acertado trabajo de dirección a partir de un libreto lleno de aristas desde su primera frase.
Ante nosotros y homenajeando a Pirandello quedan tres personajes en busca de su salvación, la que necesitan para alcanzar el estado de plenitud o al menos la ansiada libertad. Quizás el caso más evidente sea el de la madre –devastadora actuación de Magüi Mira-, pero los otros dos también están necesitados de una ayuda, en forma de perdón o abrazo. La sobria escenografía contribuye a que no apartemos la mirada de los actores durante su parlamento, cargado en su justa medida con la moralina necesaria y el punto acertado de exageración de Carmen Conesa, que actúa de puente entre dos orillas.
Roberto Zucco mataba sin motivo aparente, entroncando así con la interminable lista de asesinos en serie retratados por la literatura y el teatro. Su filosofía impregna el texto de Bryony Lavery, también contagiado del efecto Hamelin, la mirada de Animalario sobre la pederastia. Gámez incide en la repugnancia de un posible menoscabo en las responsabilidades del criminal y la supuesta autoría de la sociedad en prejuicio del dolor de una madre a la que le han arrebatado su vida. La balanza se inclina sin freno y dota de protagonismo al dilema, verdadero motor de una obra tan espeluznante como necesaria.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
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1 Diciembre 2005
Le damos un 6,5.
Quedaban algunas que aún no tenía voz pero Antonia San Juan les ha permitido salir al escenario para que disfruten de su minuto de gloria, el que no tuvieron en su anterior montaje.
Las féminas de Otras mujeres llevaban más de cinco años saludando al público, pero este se quedaba con ganas de más: de más ironía, suspicacia y, por qué no, un punto de mala leche. Haciendo gala de su vehemencia, la actriz de El veneno del teatro y ¡A tiros! personifica un acto de generosidad, once mejor dicho, trajes que en su interior esconden las costuras de la crítica social, totalmente partidista, pero necesaria, y que además sirve para pasar un rato entretenido.
Con humor la sangre entra... Parece que no estamos dispuestos a reflexionar si no nos mezclan esa capa tediosa de tragedia contemporánea con risas o sarcasmo. Unos lo llaman humor inteligente, para otros es hacer leña del árbol caído. Está claro que en escena resulta plausible y necesario y basta con echar un vistazo a la cartelera y ver las últimas propuestas con fuerte componente social de compañías como L’Hongaresa de Teatre (Conozca usted el mundo) y K Producciones (Yo, Satán). De eso, de hacer reflexionar con gracia y simpatía, sabe mucho esta canaria que lleva media vida en cafés-teatro y tablas muy diversas.
Da rienda suelta a mejores interpretaciones a partir de peores textos, algunos de ellos carentes de matices, con el aval principal de que acaban girando en torno a temas difíciles como la violencia, el amor, la insatisfacción, la vejez, la soledad, etc. y afortunadamente caen en manos de esta mujer orquesta: actriz, productora, regidora... Por ahora, entregada en cuerpo y alma a la profesión teatral, sin olvidar las interpretaciones que le dieron popularidad en cine, como las de Todo sobre mi madre, Asfalto, Piedras y las primeras cintas de Miguel Albaladejo.
Es cierto que San Juan no despliega un variado abanico de registros, pero aquellos que presenta en estos once monólogos los domina al 100%. Lo hace incluso cuando el libreto base resulta aburrido, monocromático, y por ende no destaca o cae en obviedades y trata asuntos ya trillados. Sin que sea un gran escollo para ella, salva la situación y aporta su impronta cómica en todas las situaciones dramáticas en las que mete del dedo.
Conoce bien a sus mujeres porque tiene (todos tenemos) algo de cada una. Aunque ella cuenta con una característica que no es muy común al resto de los mortales: consigue la comunicación directa con su público, que se ríe al comprobar cómo esas mujeres, las que faltaban, ponen en entredicho su propia naturaleza y provoca con ello que todo un patio de butacas a rebosar se entretenga en primera instancia para luego recapacitar acerca de aquello que le ha provocado la carcajada, que es lo importante.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
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25 Noviembre 2005
Director: Alvaro Lavín
Intérpretes: Alfonso Lara, Juan Fernández, Pako Sagarzazu, Ales Furundarena, Ramón Ibarra, Adolfo Fernández e Ildefonso Tamayo
Le damos un 8,5.
Si entre 12 apóstoles había corrupción, en el seno de 1.000 millones de creyentes... echen cuentas y esperemos que nadie se lleve las manos a la cabeza por esta afirmación.
Aunque si me permiten la aclaración, nos da igual porque ni mentimos ni levantamos falso testimonio. Tampoco el escritor Antonio Álamo y la versión que de su Nata Soy hace para K. Producciones. Los embustes del catolicismo, mejor dicho, de los que dirigen su Iglesia y la forma de mover los hilos de sus marionetas ilustran este divertido y sesudo compendio de costumbres y hábitos que debe levantar ampollas. ¿Qué sentido tendría sino el teatro ideológico?
Construido a partir de los patrones de lo que podría considerarse thriller teológico, Yo, Satán se convierte en una punzante crítica en manos de los que comparten ideales con los impulsores y gestores de K. Producciones, de donde han salido sugerentes montajes como Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini y En tierra de nadie, la traslación teatral del acercamiento que el cineasta Danis Tanovic hizo a la cruenta guerra en los Balcanes.
Cristina Elso y el actor Adolfo Fernández, en su rol de productor, han conseguido imprimir un sello característico a cada uno de sus hijos, naturales o adoptivos pero siempre propios y, en ocasiones, con paternidad compartida, como este. Nadie duda del calado de su carga social y esta visión sui generis acerca del poder eclesiástico, aunque compartida por muchos, cumple a posteriori las previsiones de compromiso: ejercicio acerca de la corrupción política y sus intrigas en una de las grandes multinacionales, desarrollado en un ambiente abigarrado que se oxigena con bocanadas de aire fresco en forma de píldoras sarcásticas. Ahí es nada.
Así es como deben exponerse las reflexiones ajenas, dejando un poso que en el espectador puede diluirse o acabar en sustrato de nuevas y mejoradas ideas. Acostumbrados estábamos al trabajo de dirección de Roberto Cerdá, una de las miradas más interesantes en la escena contemporánea, aunque Álvaro Lavín no se aleja del concepto, una esencia teatral característica que él alimenta con su labor anterior como pilar ineludible de Teatro Meridional y su responsabilidad al frente de piezas como Cloun Dei y Negra, de Julio Salvatierra. Destaca quizás su buen entendimiento con los autores, elemento clave en el resultado sobre las tablas, implementado aquí gracias a la desnuda escenografía de Elisa Sanz y el diseño de vestuario de Pepe Uría.
El argumento gira en torno al comportamiento del Santo Padre, poseído por Belcebú o salido del tiesto según ciertos burócratas, que en el Vaticano, como en todo estado soberano, los hay y muchos. El pelo en la sopa, un fraile español (Alfonso Lara) en lo más bajo de la pirámide de poder y sin valor para la Curia romana, tiene apariencia de peón de tercera en la farsa general, pero se convertirá en una molestia que alternará el curso de los hechos.
Desplegado el abanico de intérpretes comprobamos que hay de todo, personajes mejor perfilados y otros merecedores de todos los elogios, como el Papa que nos regala Pako Sagarzazu. Él si lo es pero... ¿seria usted un buen enlace con Dios?, ¿se mantendría en la cumbre si cuestionase ciertos dogmas de fe apostólicos? Ay, amigo espectador, con la Iglesia hemos topado, aunque puestos a ser excomulgados, salgamos por la puerta grande de San Pedro.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
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12 Noviembre 2005
No te pierdas el último espectáculo de la compañía madrileña Yllana, responsable de obras como 666, Hipo y Star trip, y en gira ahora por España.
Un trabajo hilarante y desmedido, pero justificado por la acertada comunión entre el grupo teatral y un clásico del siglo XX.
Dos vías que transcurren en paralelo y que, al contrarío que las del tren, se unen en el tiempo aunque luego vuelvan a tomar rumbos distintos: Eugène Ionesco escribió esta muestra de teatro del absurdo como contraposición al realismo; Yllana hace un ejercicio cómico muy real a partir de su visión alocada del mundo.
Fiel a su idea de estudio de la absurda vida moderna es resultado La cantante calva, estrenada en 1950 en París. Ionesco trabajó sobre expresiones que entre sí no guardan relación estrecha, frases ‘didácticas’ extraídas de un manual de enseñanza del inglés, locuciones incoherentes como diálogos. Sobre una base de acciones cotidianas y bastante tópicas extendió un batiburrillo dialéctico.
Este es sólo el envoltorio de una obra que alimentó el espíritu escénico de los componentes de Yllana (O’Curneen, Ottone, Fernández y Ramos) hace más de 15 años, cuando se trataba de una compañía en potencia. Desde finales de los 80 estarían sobre las tablas y más tarde, detrás del Teatro Alfil, en labores de gestión y producción de un espacio dedicado al humor.
Tras un largo paréntesis donde reinaba el humor sin palabras tocaba recuperar al autor de El rey se muere. Ionesco nació en Rumanía, en 1912, y muy pronto se trasladó a Francia. En Europa occidental bebió de las doctrinas de Bertold Brecht y Antonin Artaud y se contagió del surrealismo y el existencialismo, corrientes que siguen obras como Las sillas, El nuevo inquilino y El rinoceronte.
Este texto –uno de los más representados- guía al grupo en su búsqueda del punto de exageración, sin caer en lo grotesco y chirriante. No es tarea fácil por mucho que a nosotros lo parezca. Nosotros que, en mitad del desconcierto, sólo pensamos en agazaparnos a ese sillón rojo que domina el centro del escenario sin necesidad de entablar conversación con el matrimonio inglés, con ropajes ingleses, costumbres inglesas y excentricidades... universales.
La solvencia de los actores resuelve la entronización ‘ionesca’ de la palabra respetando (y acrecentando) el tono de comicidad en una pieza que deambula por diferentes palos y sin freno, in crescendo, subiendo de tono, hasta que nos resulta indiferente que esa cantante calva, ausente en escena, consiga soslayar la incomunicación, la vida en pareja y los convencionalismos, en resumen, el contenido social de la obra que llega a través de trazos medidos camuflados de ironía y jocosidad.
La compañía recupera este clásico que, sobre el escenario, cumple los objetivos marcados: atractiva a los sentidos, divertida en sus faceta caricaturesca e inteligente y magistral en la aplicación al terreno del clown... Ya sabemos que Yllana se toma el humor como algo muy serio.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
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12 Noviembre 2005
En el país de las 1.000 colinas se repartieron una noche más de 500.000 machetes con el objetivo de sesgar la vida de los que en un futuro serían hombres y mujeres. Pero nosotros les dimos la espalda...
Los mediterráneos de Hongaresa de Teatre se planteaban tratar las claves de una limpieza étnica, su rastro de sangre y su repercusión en el resto de la sociedad. Para ello aprehendieron las Instrucciones para un genocidio dictadas por Daniele Scaglione.
Resulta curioso como en distintas partes del planeta conocen muy bien sus claves mortíferas, ya que este capítulo negro no es patrimonio de países que suenan lejanos, como Ruanda y Burundi: las diferencias étnicas o religiosas camuflan los distintos signos políticos y las ansias de poder. Siempre ha sido así, por lo que no debería extrañarnos. Eso sí, tendríamos que tomar conciencia de que sin ayuda externa muchos pueblos (kurdo en Irak, bosnio en Serbia, indígena en Argentina, albanés en Kosovo) sucumbirían ante la supremacía de otros.
No cuesta mucho poner rostro a lo que cuenta Pep Ricart como dirigente de una misión humanitaria atada de pies y manos... Su personaje vive atormentado por las vislumbres de un pasado reciente y macabro cuyos patrones de muerte y salvajismo humano persisten allá donde hay un conflicto candente u olvidado. La compañía hace una breve aunque contundente y necesaria escala en su viaje con la pretensión de acercarnos la barbarie por medio de un caso concreto, la guerra abierta entre los miembros –los dirigentes- de las etnias Hutu y Tutsi, un genocidio más pero menor a los ojos de la comunidad internacional por tener como víctimas a africanos, ciudadanos de tercera para muchos gobiernos e incluso la ONU.
A lo largo del monólogo se percibe que los europeos y norteamericanos son más proclives a erigir monumentos y celebrar homenajes en memoria de sus congéneres asesinados, por ejemplo, en la II Guerra Mundial. La interpretación de Ricart, en determinados momentos más agresiva que contundente, no es más que la llave para entrar en detalles una vez concluida la obra: Bélgica, potencia colonial, optó desde el principio de su dominio por privilegiar a la minoría tutsi y convertirla en élite, algo ratificado por la Iglesia; el germen de guerra fraticida se alimentó con el odio y los acuerdos de negocio armamentístico en los que participaban países como Francia y Egipto. Lo que ocurrió no ha suscitado aún una mísera página en los libros de texto.
Con un tema de este calado, real y emotivo, el actor tiene atrapado al espectador al que llegan con facilidad fechas y cifras (800.000 muertos en sólo unos días) pero demasiada reiteración conlleva la pérdida de sutileza. Ocurre cuando, ante varios posibles finales –el que desgrana el empleo eficaz del machete es uno de ellos-, los detalles alargan la duración de la obra, en correlación a la efectividad del mensaje que va mermando.
A pesar de requerir un limado más exhaustivo, ciertos retoques de texto, La caricia de Dios queda como una ejemplar muestra de teatro que a la salida de la sala sigue retumbando en nuestras conciencias durante mucho tiempo. Y si cree que se le escapan flecos, refresque de nuevo las visiones de hombres, mujeres y niños asesinados a machetazos con ayuda de la cinematográfica Hotel Rwanda, de Terry George. No quedará indiferente.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
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3 Noviembre 2005
El verbo rápido del quinteto de actores domina el escenario habilitado para la ocasión en la Sala Triángulo.
Esta compañía de reciente creación rinde homenaje y pleitesía al séptimo arte en el fondo y en la forma de esta obra que se rige por una máxima: se sueña, se cuenta la realidad que se quiere vivir y, como por arte de magia, entras en la película de tu vida.
Así plantea T’atrae Teatro su primer montaje como grupo profesional, sin demasiadas pretensiones, haciendo suyo el café-teatro a la hora de contar las (casi siempre complicadas) relaciones sentimentales de dos parejas de amigos y confidentes.
Con un lenguaje directo y sencillo, tan de la calle que en ocasiones pueda hasta parecer atrevido, queda la palabra como única arma con la que cinco actores hacen frente al público sobresaturado de historias pastelosas en las que el amor es el principal protagonista. Su autor, Raúl Pere, deja bien claro que el cine no sólo aparece en la obra como telón de fondo o hilo argumental, sino que también deja huella en la estructura teatral del montaje, proporcionando ritmo y guiños más propios del audiovisual que de la escena en sí.
Los roles definidos acaban intercambiándose en esta simpática comedieta que en un principio estaba destinada a cubrir un hueco y acabará dando beneficios económicos a juzgar por el lleno absoluto en sus dos primeras funciones. Esta noche quemamos los puentes de Madison pone en entredicho los estereotipos que acumula el cine sensiblero y novelesco como género indiscutible, sobre todo en Hollywood. Tampoco hay que irse por la tangente en esta visión irónica acerca del amor y su prolongación en cientos de comedias –y no tan comedias- románticas que a su vez han protagonizado tantas historias en nuestras mentes.
Los actores provienen de la academia de la propia sala, rezuman contemporaneidad por todos sus poros, aunque Israel Martín, también director, se permita licencias como llenar el libreto de alusiones a la película de culto Amor a quemarropa, con guión del presentado aquí como Dios, Quentin Tarantino. Aprueban con nota Martín y sus chicos, que adolecen de su cultura mediática y audiovisual, sobre todo porque sus personajes principales quieren convertirse en las estrellas de la película que es su propia vida, aunque sin tantos efectos especiales y espectacularidades.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
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