Tiene el perfil de ancianita adorable y familiar, aunque tras él esconde más de 30 años de pasión por el teatro y otros 50 de devoción al hombre que fue su vida, su marido Paco Rabal.
La niña que se metió en el teatro porque quería vivir otras vidas hace de su regreso a los escenarios la mejor medicina contra la apatía y su propio abandono.
José Tamayo la tuvo como una de sus primeras actrices en la Compañía Lope de Vega, una especie de cantera profesional en la que Asunción también encontró el amor: Paco Rabal debutó con la misma compañía en 1947 y cuatro años más tarde, después de una larga temporada separados por un océano, contrajo matrimonio con el murciano de Águilas. En ese momento la actriz aparcó su carrera laboral adoptando en exclusiva los roles de esposa y madre de dos hijos: Teresa y Benito.
Hasta entonces Asunción Balaguer había labrado su propio camino: con 14 años se trasladó de Manresa, su ciudad natal, a Barcelona. Allí estudiaría por obligación Filosofía y Letras e ingresaría por devoción en el Instituto del Teatro. En sus inicios tuvo como compañera de nervios, ensayos y representaciones a Aurora Bautista en la formación Teatro de Arte. Uno de sus primeros papeles sería el de Bernarda en La discreta enamorada, de Lope de Vega, y precisamente formaría parte del grupo teatral que llevó por toda España y América el nombre del dramaturgo. Y después llegó el paréntesis.
En los últimos años esta catalana ha ido demostrando que su valía como interprete no se había apagado, aunque no ha sido desde las tablas, sino asomándose por una esquina de la gran pantalla, participando en producciones que han pasado desapercibidas como Días de boda (Juan Pinzas) y Primer y último amor (Antonio Giménez-Rico), y en otras que merecen ser olvidadas como Un día sin fin (Giulio Manfredonia), y no precisamente por la actuación de Balaguer.
A los 8 días de bajarse en Burdeos del avión en el que falleció su marido el 31 de agosto de 2001 cuando venían de recoger un emotivo premio en Montreal, cuando se marchó 'su genio', como le llamaba ella, Asunción se entregó al trabajo y se embarcó junto a su nieto Liberto en una serie de recitales en los que recordaban a los poetas favoritos del actor desparecido.
Después de trabajar con grandes de nuestro cine como Jaime de Armiñan, Montxo Armendáriz y Fernando Trueba fue Enrique Gabriel el encargado de redescubrirla para el cine en un entramado de historias bien articulado, bajo el título de Las huellas borradas. De aquella experiencia han pasado 6 años y ahora están a la espera del estreno de Vidas pequeñas, donde ella tiene a Ana Fernández, Ángela Molina y Roberto Enríquez como compañeros de reparto.
Puso punto final a una década alejada de los escenarios cuando regresó la temporada pasada con La luna de lluvia, una adaptación firmada por Fina de Calderón de la obra escrita por la francesa Sidonie-Gabrielle Colette, puesta en escena junto a Magdalena Broto y su nieta Candela Rabal, hermana de Liberto. Balaguer estuvo recitando e interpretando, pero sobre todo, reencontrándose con el público que tanto la había admirado y buscando en el trabajo su tabla de salvación para no morir de aburrimiento.
Durante un año dio vida a una anciana que enseñaba a dos jóvenes inexpertas los secretos de la vida, y desde este mes de septiembre le cuenta sus confidencias a otra de las grandes, Amparo Soler-Leal, en un tremendo duelo interpretativo bajo el título de Al menos no es Navidad, una obra de Carles Alberola, una tragedia narrada en tono de humor debido al inmenso dolor que esconde: dos ancianas abandonadas en una residencia que son las dos caras de una misma moneda, distintas pero complementarias, dos maneras antagónicas de entender la vida, una mediante la dramatización de la realidad y la otra gracias a su enorme capacidad de saborear el día a día, o para ser más precisos, el segundo a segundo. Como su última protagonista, octogenaria feliz aunque nostálgica de su pasado, Asunción Balaguer saborea de nuevo las mieles del teatro, uno de sus dos grandes amores. El otro, ya saben...
Texto escrito por Daniel Galindo publicado en LaNetro.

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