(Rostros) Mónica Runde
Siente la necesidad de escupir, de expulsar lo que tiene en su interior para que no se anquilose...
Como coreógrafa social ha trabajado con materia prima excretabl, como el abuso de las drogas, los malos tratos y la homosexualidad, y aguarda el momento de enfrentarse desde las tablas al marginal mundo de las bandas callejeras, aunque lo haría con mucho respeto, ante la omnipresencia en el género y en la temática de la mítica West Side Story.
Las recientes manifestaciones en pro de la familia, de lo que algunos con orejeras consideran patrón único e insustituible, fueron el germen de Hebras de mujer, revestido de un viaje cronológico por la mujer en el siglo XX sin olvidar al hombre, ya que no se puede hablar de ellos sin mirarse entre sí.
Centrándose en la dualidad existente entre fortaleza y debilidad, la hebra, el final de un elemento maleable y resistente a su vez, Mónica Runde amarra los hilos realistas del mundo que conoce tamizados por su visión de viajera social, más rica en contraposición a la de turista ocasional. Movimiento y música constituyen la unión indivisible a partir de la que trabaja cada creación: montaje con núcleo interno envuelto en diferentes capas y facetas que van descubriéndose poco a poco.
Por eso considera positivo, casi vital, la labor mano a mano con un compositor y, en más estrecha relación si cabe, con un dramaturgo atento a la interpretación. Desde hace años los ojos de los que se fía pertenecen a Natalia Menéndez: Runde firma la coreografía en direcciones escénicas de Menéndez como El invierno bajo la mesa, y viceversa. Un tándem que enriquece cada criatura y las suyas han ido creciendo con los años.
Hebras de mujer supone también el reencuentro con el compositor Pedro Navarrete, quien ha firmado la música de muchas piezas de su compañía, como Meeting Point, la primera colaboración entre ambos, Haz de luz y Milagro. Con él no trabajaba desde 1997, en Venus Benedectta, y aunque nunca perdieron el contacto, sus caminos se separaron. Ahora tornan en uno mismo debido en parte a la carga emocional y al gusto por volver a crear juntos.
Mónica Runde lleva 16 años al frente de 10 & 10 Danza, una de las contadas compañías que se dedican en exclusiva a un arte escénico menospreciado por instituciones públicas. Desde que se alzaron con el primer premio del III Certamen Coreográfico de Madrid, no han dejado de mascullar proyectos propios y encargos para producciones de danza ajenas, cine (Pasos de baile), teatro (Los viejos no deben enamorarse), ópera (El cristal de agua fría) e incluso moda, para creaciones de Jesús del Pozo, junto al también coreógrafo Pedro Berdäyes.
Se mantiene férrea en su idea de que la danza debe comunicar con el espectador, ser directa y menos abstracta, abriéndose a nuevas propuestas pero sin dar la espalda al público, no como el arte moderno que en buena parte se ha ido encerrando en su propio hermetismo. Aún así, gozando del apoyo del público y de los profesionales del sector, e incluso con dos Premios Nacionales de Danza en su haber, uno español –creación, en 2000- y otro costarricense –coreografía, en 2004-, se siente creadora con las alas cortadas, debido a la falta de espacios y al relego de la danza a salas de pequeño formato a las que deben estar agradecidos porque al menos allí pueden estrenar.
Si quieres saber más... entra en la página de su compañía 10 & 10 Danza.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
