El señor Ibrahim y las flores del Corán
Ernesto Caballero puede estar más que satisfecho porque con esta versión y puesta en escena ve alimenta con creces nuestro afán de conocimiento.
Lo hace mediante una obra repleta de buenas intenciones y en la que el actor Juan Margallo pone su veteranía al servicio de un personaje que tiene por armas la sencillez de lo cotidiano y la virtud del adoctrinamiento.
Dos individuos encuentran refugio en una relación basada en el respeto al otro. Un anciano vendedor y un adolescente, más parecidos de lo que pensaban y dispuestos a derribar barreras culturales y generacionales, nos hacen partícipes de un sencillo aprendizaje sobre la educación y la amabilidad, dejando carente de significado el antiguo dicho ‘la letra, con sangre entra’.
Los nuevos caminos en la creación dramática contemporánea nos llevan a pensar que el mercado no está reñido con lo público. Al amparo de la nueva dirección del Centro Dramático Nacional se estrena esta pequeña proeza escénica basada en el texto del francés Eric-Emmanuel Schmitt, que relató una vez más el encuentro entre Oriente y Occidente, personificado aquí en dos seres cálidos y cercanos, ayudados por la atmósfera de la sala de La Princesa, el espacio para obras de pequeño formato del Teatro María Guerrero.
La melancolía reina en el ambiente. La melancolía y la penumbra. Nos mezclamos con los elementos que, dispuestos por el mínimo escenario, servirán para configurar la historia. Como público rodeamos a la pareja de actores, pero cada uno de nosotros como espectador asiste a un viaje iniciático y a una reconciliación con la vida: un musulmán, que no árabe, adoctrina a Moisés, el hijo del abogado judío. Momó, el chico rebautizado, acude cada día a la tienda de comestibles de la calle Azul, un lugar donde se aprende más que en cualquier instituto. Allí no sólo encuentra el mejor sitio del mundo en el que robar latas de conserva, también descubre el sentido único de las cosas a través de preguntas, algunas con respuesta evidente y otras que permanecerán latentes hasta que termine su viaje interior.
Sin artificios de ninguna índole, apoyándose solo en el trabajo de los actores que tienen que escuchar para ofrecer algo más que una réplica, Caballero (autor de otras versiones como Las amistades peligrosas y En tierra de nadie) afronta su propuesta del texto persiguiendo la exaltación de la palabra y del gesto, detalles que cobran mayor fuerza en la adaptación teatral por el esfuerzo que se nos requiere y que en el cine se solventa con un primer plano del protagonista, léase Omar Sharif, Ibrahim en la película del mismo nombre del francés François Dupeyron (¿Qué es la vida?).
A veces la discreción nos venda los ojos ante la vida. Asuma su papel de curioso y al igual que Momó, acuda a la tienda del árabe que no es árabe. Además de salir bastante reconfortado gracias al trabajo de Margallo y del joven Julián Ortega (no vacila y se mantiene a la altura del maestro), tendrá el placer de escuchar al otro, en este caso al señor Ibrahim, sentenciando entre otras cosas que cuando se quiere aprender algo no se abre un libro, se habla con la gente. Aquí añadimos: también se debe ir al teatro.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
