Afrontar un proyecto de estas características es como llevar al cine la historia jamás contada.

Superado el vértigo inicial que nos embarga, llega la convicción, y con ella, lo que podría haber sido un suicidio, queda en interesante mirada a un mito.

Más allá de nuestras fronteras Camarón se venderá como 'biopic', perfil audiovisual de un personaje, siempre ficcionado, porque la objetividad es difícil de alcanzar. Recientes son los de Ray (Charles), Tina (Turner) o Cole Porter (De-lovely). En nuestro país no son muy dados a afrontarlos (La niña de tus ojos y Lobo quedaron en ficción exagerada, quizás por miedo) y esperamos que pronto se haga el siempre anunciado sobre Lola Flores.

Es Jaime Chavarri, un cineasta necesario, quien lanza un órdago más certero aquí que en las anteriores Las cosas del querer (a partir de las vivencias de Miguel de Molina) y Sus ojos se cerraron (una visión personal de Carlos Gardel). Al responsable de títulos como El desencanto, Las bicicletas son para el verano y Besos para todos, le lloverán los estudios sesudos dentro de unos años por ser iconoclasta, tocar muchos y variados palos y ser un pionero al que la industria discográfica de nuestro país debería rendir pleitesía. Por lo pronto empezará a levantar ampollas al explorar –desde la ficción, no lo olvidemos- el terreno más humano de quien muchos consideran una divinidad, por encima del bien y del mal. En este caso, un revolucionario del flamenco casi sin proponérselo porqué Joselito iba para torero hasta que entró por la puerta de la Venta de Vargas.

Fascinación, y a muchos, como los nacidos en los 70 y comienzos de los 80, un tanto de dejadez... A partes iguales se configura un trabajo cinematográfico con el que Chavarri nos contagia el interés por alguien que estaba ahí y al que aún no nos habíamos aproximado. Hizo bien en enviciar a 5 ó 6 sujetos, cobayas como Mercé Llorens, Verónica Sánchez, María Isasi, Raúl Rocamora (como Paco de Lucía), Alfonso Begara (encarnando a Tomatito) y el propio Oscar Jaenada que, al estímulo del flamenco de Camarón, acaban haciéndonos gozar con sus interpretaciones, sus palabras, sus silencios y, sobre todo, sus miradas: es impresionante como soporta Jaenada el objetivo de la cámara en muchos primeros planos y durante el play-back de los títulos de crédito.

Quizás sea esa inocencia, esa inmadurez en materia musical, fue la que les hizo empaparse del asunto y lo que a nosotros nos engancha... Más que correctos en sus trabajos, echamos en falta más intervenciones de la Chispa para convencernos al 100% de la garra de Sánchez –magnífica en las secuencias de la playa y el coche- al tiempo que corroboramos la buena labor de Llorens –cómo es posible que se parezca tanto a Silvia Abascal- al aunar en una misma persona a varias mujeres que se toparon con un inexperto y algo perdido Camarón en Madrid, el que daba sus primeros palmeos en el mítico tablao Torres Bermejas.

Reconocido por todos, incluso por sus más acérrimos detractores en vida, la vida y milagros de José Monge Cruz da para una y decenas de películas. Hasta el momento sus familiares no habían dado el visto bueno a ninguno de los proyectos –uno incluso de Imanol Uribe- pero algo les cautivó de este: no se recrea en la muerte, ni en los detalles escabrosos de su herencia discográfica y presenta a Camarón como un hombre doblegado ante el dolor sin meter el dedo en la llaga aunque planee una presencia a modo de sombra mortífera (el camello que le suministra la droga). Humanizar al personaje no requería de más detalles.

Da la sensación de que el mano a mano entre cineasta y guionista (Álvaro del Amo) tenía su freno en los asuntos que podían acabar con el buen entendimiento entre la familia real y la cinematográfica que se estaba afianzando. Pero José Monge, al convertirse en Camarón, se alzó como personaje universal y como tal, es patrimonio de todos. El respeto impera sobre los posibles manchurrones en la vida del cantaor en una cinta que, tarde o temprano, hubiese llegado porque 13 años son muchos cuando, desde el momento del ocaso del hombre y el nacimiento del mito, se pretendía llevar su voz desgarrada a la pantalla de cine.

Ya hacía uso de la garganta en Noviembre, en uno de los espectáculos callejeros de esos artistas teatrales. Jaenada se convierte desde ya en nuestra apuesta segura para el Goya al Mejor Actor. Se merece eso y mucho más. Mientras llega, me quedo escuchando –sin el permiso de los puristas- el tema que unió a dos genios andaluces y universales, La leyenda del tiempo.

Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.