"La caricia de Dios. Ruanda 1994"
En el país de las 1.000 colinas se repartieron una noche más de 500.000 machetes con el objetivo de sesgar la vida de los que en un futuro serían hombres y mujeres. Pero nosotros les dimos la espalda...
Los mediterráneos de Hongaresa de Teatre se planteaban tratar las claves de una limpieza étnica, su rastro de sangre y su repercusión en el resto de la sociedad. Para ello aprehendieron las Instrucciones para un genocidio dictadas por Daniele Scaglione.
Resulta curioso como en distintas partes del planeta conocen muy bien sus claves mortíferas, ya que este capítulo negro no es patrimonio de países que suenan lejanos, como Ruanda y Burundi: las diferencias étnicas o religiosas camuflan los distintos signos políticos y las ansias de poder. Siempre ha sido así, por lo que no debería extrañarnos. Eso sí, tendríamos que tomar conciencia de que sin ayuda externa muchos pueblos (kurdo en Irak, bosnio en Serbia, indígena en Argentina, albanés en Kosovo) sucumbirían ante la supremacía de otros.
No cuesta mucho poner rostro a lo que cuenta Pep Ricart como dirigente de una misión humanitaria atada de pies y manos... Su personaje vive atormentado por las vislumbres de un pasado reciente y macabro cuyos patrones de muerte y salvajismo humano persisten allá donde hay un conflicto candente u olvidado. La compañía hace una breve aunque contundente y necesaria escala en su viaje con la pretensión de acercarnos la barbarie por medio de un caso concreto, la guerra abierta entre los miembros –los dirigentes- de las etnias Hutu y Tutsi, un genocidio más pero menor a los ojos de la comunidad internacional por tener como víctimas a africanos, ciudadanos de tercera para muchos gobiernos e incluso la ONU.
A lo largo del monólogo se percibe que los europeos y norteamericanos son más proclives a erigir monumentos y celebrar homenajes en memoria de sus congéneres asesinados, por ejemplo, en la II Guerra Mundial. La interpretación de Ricart, en determinados momentos más agresiva que contundente, no es más que la llave para entrar en detalles una vez concluida la obra: Bélgica, potencia colonial, optó desde el principio de su dominio por privilegiar a la minoría tutsi y convertirla en élite, algo ratificado por la Iglesia; el germen de guerra fraticida se alimentó con el odio y los acuerdos de negocio armamentístico en los que participaban países como Francia y Egipto. Lo que ocurrió no ha suscitado aún una mísera página en los libros de texto.
Con un tema de este calado, real y emotivo, el actor tiene atrapado al espectador al que llegan con facilidad fechas y cifras (800.000 muertos en sólo unos días) pero demasiada reiteración conlleva la pérdida de sutileza. Ocurre cuando, ante varios posibles finales –el que desgrana el empleo eficaz del machete es uno de ellos-, los detalles alargan la duración de la obra, en correlación a la efectividad del mensaje que va mermando.
A pesar de requerir un limado más exhaustivo, ciertos retoques de texto, La caricia de Dios queda como una ejemplar muestra de teatro que a la salida de la sala sigue retumbando en nuestras conciencias durante mucho tiempo. Y si cree que se le escapan flecos, refresque de nuevo las visiones de hombres, mujeres y niños asesinados a machetazos con ayuda de la cinematográfica Hotel Rwanda, de Terry George. No quedará indiferente.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.
