
Ang Lee no es del tipo de cineastas que caen rendidos ante las excelencias de Hollywood. Hace unos años fue la industria la que sucumbió ante su capacidad para hacer cine comercial de grandes proporciones y a su vez deleitar con su delicada manera de adaptar historias sencillas a la gran pantalla. Si hay algo que tenemos claro es que Lee es uno más de ese grupo de cineastas extranjeros (Wim Wenders, Lars Von Trier, Alejandro González Iñárritu...) que tan bien retratan la sociedad norteamericana.
Seis años ha tardado en dar forma a este relato romántico al que ha aportado su particular sentido y sensibilidad, como ya hizo en El banquete de boda. El cineasta taiwanés afincado en Nueva York nos transporta hasta las verdes praderas de Wyoming en 1963, un paisaje que permanece inalterable con el paso del tiempo, a excepción de dos de sus moradores, dos vaqueros que primero habitaron las páginas escritas por Annie Proulx, premio Pulitzer.
Después de explotar el género de las artes marciales en Tigre y dragón, jugar con el amor y la pasión en La tormenta de hielo y redescubrir a Hulk, el iconoclasta cineasta adoptado por la ciudad de Nueva York se enfrentó a un texto sencillo, una historia breve pero épica con personajes de carne y hueso en medio de la inmensidad de los paisajes inabarcables, una realidad llena de paradojas, porque en ese vasto panorama dominado por la nada dos hombres deben esconder su amor, el que desmonta los planes que ambos tenían para el futuro que desean: conseguir un trabajo fijo, casarse y tener hijos.
Lee confió en dos jóvenes pero experimentados actores, a quienes podía provocar, alentar y seducir para conseguir momentos de verdad, algo que también puede lograr con intérpretes más veteranos, aunque luego le cuelguen la etiqueta de bruto. Para Jake Gyllenhaal y Heath Ledger, en lugar de una historia de amor homosexual, Brokeback Mountain pone de manifiesto lo duro que de por sí es amarse, independientemente de la tendencia sexual de cada uno. Un mensaje que para muchos ignorantes corrompe la esencia del western, el género estadounidense por excelencia, donde los rudos vaqueros que cuidan del ganado ni por asomo pueden entablar una relación dominada por el deseo carnal.
Jake Gyllenhaal se ha convertido en un rostro habitual en diferentes roles: a los interpretados en los últimos siete años sumamos el de marine norteamericano en Oriente Medio (Jarhead) y este cowboy de Brokeback Mountain. Al otro lado de la balanza, el australiano Heath Ledger, con Casanova pendiente de estreno, se erige en el amante del que se tienen que cuidar los padres tanto de chicos como de chicas. Los dos actores se despojaron de prejuicios al ponerse en manos del responsable de títulos como Comer, beber, amar y El banquete de boda, donde ya cincelaba una relación gay y con la que se alzó con el Oso de Oro en la Berlinale de 1994.
Los avatares del destino nos hubieran hecho disfrutar de un Brokeback Mountain totalmente diferente si Gus Van Sant hubiera tomado las riendas del gran rancho donde cuaja el amor ante la imposibilidad de Lee para dirigirlo, metido por aquel entonces en faena con el superhéroe verde. Billy Crudup, Colin Farrell y Josh Hartnett eran las primeras opciones del director de Elephant y Todo por un sueño, a quien muchos crucificarían antes incluso de la proyección, casi como está ocurriendo con el equipo que al final se hizo con la producción del título.
A modo de bofetada a los intolerantes y aunque haya recogido duras críticas de los sectores más conservadores, el largometraje también ha recibido hasta el momento el León de Oro del pasado Festival de Venecia a la Mejor Película y siete candidaturas a los Globos de Oro, sin olvidar las buenas referencias de los círculos de críticos, un éxito global que lo convierten en uno de las candidatos favoritos a los Oscar.
Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.

Escribe un comentario